Martes 19 de Septiembre de 2017

Antecesor o Introducción a la Paleoarqueología (Parte 1) [1]

Por: Miguel Villalobos Martínez - 12-06-2017

Cuando concluí la lectura de Antecesor [2], surgió en mi cabeza un recuerdo que tenía, literalmente, fosilizado en la memoria. Una de esas fotografías mentales que se conservan inconscientemente en la oscuridad del pasado hasta que, de pronto, un acontecimiento específico de la vida nos permite desenterrar aquella imagen y colocarla nuevamente frente a nuestros ojos. En ese recuerdo estaba yo, con unos seis o siete años, emprendiendo -ahora lo sé- una de mis primeras y más significativas experiencias de lectura. Ojeaba un tomo coleccionable que me compraron mis padres; un libro de tapa blanda y grandes páginas a todo color que me encantaba. No recuerdo bien el título, pero sí de lo que trataba: era sobre dinosaurios. Y al igual que me sucedió en aquel momento, cada vez que terminé alguno de los ocho cuentos de Rodrigo Torres sentí dentro de mí esa inmensa curiosidad que me incitaba a rastrear, buscar, desenterrar y comprender lo que yacía oculto bajo tierra. Allí dentro, entre esas coloridas páginas de la niñez, algunas criaturas parecían muy pequeñas y verdes, igual a la que permanece enterrada bocabajo, tiernamente, en el fondo de la portada del libro que motiva esta reflexión (a mi juicio, un acierto editorial); otras, sin embargo, eran grandes y temibles como los secretos que se revelan en cada una de las historias que conforman la obra. Porque, más allá de la superficie narrativa de Antecesor, se asoman algunas anécdotas que, como fragmentos óseos, sugieren el hallazgo de algo colosal que reposa oculto y que considero necesario desenterrar. Así, pues, tomaré mis herramientas de excavación y me permitiré reorganizar el orden original de los relatos, agrupándolos en dos conjuntos que, si bien comparten el mismo punto de partida (en todos los cuentos persiste un tono triste o melancólico), poseen orientaciones narrativas específicas. De esta manera, en la “Primera Excavación” (Parte 1 de la reseña) estarán aquellas historias en las que, según creo, media un acto reparatorio que intenta de alguna manera redimir a sus protagonistas; en la “Segunda Excavación” (Parte 2), en cambio, encontraremos aquellas en las que la huida o el escape se sobrepone a la voluntad de restauración, marcándose así una dualidad en ambos segmentos que tiene un mismo punto de origen: una colección de vidas fracturadas.

Primera Excavación: Actos reparatorios

El libro comienza con el cuento homónimo. Considerando dos líneas argumentales que se entrelazan, nos adentramos en la triste historia familiar del protagonista, quien  durante su niñez mantiene una relación bastante accidentada con su padre. La primera línea se compone principalmente de recuerdos, escenas de la infancia que permiten ir comprendiendo las particularidades de esta relación; la segunda, en cambio, se despliega en un presente en el que el hijo ya es un hombre adulto que intenta, por medio de una ansiosa búsqueda, reparar los daños que lleva por dentro. Resulta irónico, entonces, que este hijo sea un paleontólogo y que, precisamente, quiera desenterrar un “objeto” en la soledad de un cerro remoto por órdenes que su mismo padre le diera en vida, la última vez que se vieron, antes de que desapareciera para siempre.

“Tu mamá dice que la profesora del colegio le contó que te iría bien cuando grande en lo de desenterrador de huesos (…) Cuando seas grande, quiero que vayas al lugar que aparece ahí. Tiene escritas las coordenadas y todo. Quiero que desentierres a un animal asqueroso. Créeme, es un animal prehistórico. Te vas a sentir bien cuando lo veas. Pero no debes comentarlo con nadie, solo tú debes saber esto”. [3]

Así, conforme avanza la narración, también nos vemos envueltos en este frenético trabajo de exhumación, cuyo resultado es absolutamente revelador: no es el esqueleto de un animal, sino el de un hombre el que aparece ante sus ojos. ¿A quién pertenecen esos huesos?, ¿cuál es el nexo de este hallazgo con el padre?, ¿cómo pudo preverlo con tanta seguridad? Por supuesto, las respuestas no se hayan explícitas y corresponde al lector reconstruir los sentidos. La verdad se asoma y entonces todo parece iluminarse: la exploración de la tierra se presenta como la exploración del pasado y también como la exploración de sí mismo. El protagonista reniega, sin duda, de su antecesor, pero comprende, en el fondo, que si todos descendemos de seres primitivos algunos vestigios de esos rasgos atávicos permanecen irremediablemente en nuestro propio ser. Me refiero a ese algo primitivo que las convenciones sociales nos obligan a enterrar, castigando de paso a quienes no las quieran ocultar bajo tierra. La sucesión intercalada de los párrafos antes mencionada marca esta dualidad, pues, al fin y al cabo, el desentierro físico es una exhumación de todos los traumas, de toda la tristeza, de todas las heridas que subyacen en el cúmulo de recuerdos tristes. Torres comprende este proceso y, hacia el final, entrega una conmovedora oportunidad de sanación a su protagonista: “¿Qué es eso? Dentro de la boca del cráneo distingo algo verde. Es mi dinosaurio verde. Caigo de rodillas, abrazo los huesos y aprieto el juguete contra mi pecho”[4].  En efecto, el encuentro cara a cara con el pasado que lastima es la única forma de sanar las heridas del presente. Esta lógica de retro-excavación irá permeando el argumento de los siguientes cuentos y, de paso, irá dotando a la obra en sí de unidad y cohesión notables.

Esta oportunidad de recoger los restos de algo que parece irremediablemente roto se aprecia también en otros dos relatos: Cacaraco y la Teoría del No Cambio y El grito del Zorzal. El primero cuenta la historia de Pascal, un hombre ya realizado, que se encuentra con un antiguo compañero de colegio (Enrique, alias “Cacaraco”), el cual fue siempre objeto de burlas y que ahora vive en un estado deplorable. Desde un punto de vista común, este último es un fracasado; las descripciones que hace el protagonista del lugar donde vive su excompañero resultan elocuentes:

“La casa expelía algo muy parecido al olor ácido que sentí cuando abracé a cacaraco. (…) Me senté en un sillón hediondo a gato y a humedad. Sobre la mesa de centro, que en realidad era una silla sin respaldo, había un álbum Salo. Fruncí el ceño. (…) Cacaraco entró a una de las piezas y escuché que le hablaba de forma violenta a lo que fuera que estuviera en el interior. (…) En el suelo, de una bolsa repleta de calcetines, emanaba un olor asqueroso. Un poco más allá, un calzoncillo amarillento hizo que de pronto sintiera una ganas tremendas de vomitar”. [5]

Pero Pascal, en vez de huir, intenta aproximarse a la situación de Cacaraco, haciendo un esfuerzo -ya sea por pena, curiosidad o legítima caridad- por comprender quién es en realidad este hombre y por qué se encuentra en tan deplorable situación. Entonces adquiere sentido la “Teoría del No Cambio” y lo que puede desprenderse de ella: según Cacaraco la gente no cambia, jamás cambia. Por ello, a la aceptación de esta premisa le debe cada uno el éxito o el fracaso de sus vidas; a la negación de esta premisa, también: el final agridulce de esta historia así lo comprueba. De esta manera, la voluntad de reparar los lazos que se han roto en el pasado permiten sanar heridas, aunque esto implique abrir otras en el presente.

El segundo relato, más convencional en su planteamiento narrativo que el anterior, también escoge la vía de la “reparación” como una forma válida de reintroducir sentido en las vidas que no lo tienen o lo han extraviado. Cuenta la historia de Francisco, un hombre de treinta y seis años que aun vive con su madre y que lleva, a su pesar, una vida consumida por la rutina, erigida sobre las bases de una existencia sin amor y un trabajo absolutamente insatisfactorio. La relación con su progenitora tampoco es de calidad: la inercia los consume y ninguno es capaz de entablar una conversación auténtica con el otro. Por esta razón, la aparición de un zorzal pichón huérfano en el antejardín se convierte en una oportunidad para ambos, quienes desesperados comienzan a limar asperezas y a reedificar lo que se ha derrumbado entre ellos. De esta manera, madre e hijo comienzan a brindarle los cuidados necesarios al indefenso animal, transformando esta historia común en una simple, irónica, pero muy bella alegoría que invita a repensar los límites del afecto y la libertad. La deteriorada relación de ambos protagonistas renace, precisamente, con la muerte del zorzal:

“Francisco se echó en los brazos de su madre. Como nunca antes rompió en un llano ahogado y triste (…) Continuaron abrazados por un largo rato y por un momento Francisco creyó sentir muy despacio el cantar de un zorzal. Pero no era más que su propio llanto que de a poco iba en retirada hasta el interior de su pecho”. [6]

Algo similar ocurre en el último de los relatos de esta excavación: El ojo; una historia contada en primera persona y que tiene como hilo conductor el fútbol. A través de anécdotas relacionadas con este deporte se van exponiendo algunas situaciones de infancia que resultan relevantes. Por ejemplo, la historia de Pillete: un adolescente rebelde que tenía una pandilla a la cual se le atribuían varios actos delictivos. Como suele suceder en este tipo de historias, Pillete tiene un pasado triste relacionado con su hermano mayor, quien  cumplía condena en prisión -según decían- por quemar una casa con una familia completa dentro. Así, la vida de Pillete se encuentra con la del protagonista al momento en que ambos acuerdan jugar un partido de fútbol secundados por sus respectivos amigos. Sin embargo, lo que parece más o menos corriente pasa al siguiente nivel cuando se dan cuenta que son observados insistentemente desde una casa contigua a la cancha en donde jugaban. ¿De quién era ese ojo que los escrutaba?, ¿por qué Pillete se comportaba así frente a la situación?, ¿qué podían hacer ellos ante todo eso? Todas preguntas que encuentran su respuesta cuando el protagonista debe ir a recuperar la pelota que ha caído en la misteriosa casa. Sin ánimo de desbaratar la intrincada conexión que Rodrigo Torres logra configurar entre las diferentes tramas (en serio vale la pena leerlo), lo cierto es que resulta interesante comprender que aquel ojo vigilante corresponde a uno de los sobrevivientes del incendio; y que el simple acto de devolución del balón levanta el polvo necesario para dejar al descubierto todo aquello que se encontraba enterrado y oculto; vale decir, todo aquello que sucedió, pero que no se ha contado (ni se contará). En este punto las inferencias que puede llegar a realizar el lector adquieren una importancia clave para despejar la intriga que se ofrece: dicho de otra forma, por medio de la recuperación del pasado, lector y protagonista comulgan con la verdad al mismo tiempo, logrando que los huesos, antes ocultos, queden completamente expuestos.

Así pues la recolección y reparación de fragmentos se evidencia con total fuerza en esta “Primera Excavación”, en la que aquellas vidas tristes o fallidas encontradas bajo la tierra consiguen vislumbrar una manera de restaurarse así mismas para poder continuar y trascender este estado de continuo fracaso. No obstante, esta es solo una cara de la moneda. En la próxima entrega, culminaremos el análisis de Antecesor, poniendo énfasis en el resto de los cuentos que yacen bajo la “Segunda Excavación”.

Notas al pie de página

[1]  A propósito de esta reseña, cabe señalar dos cosas: 1) Utilizo aquí el término Paleoarqueología de forma más o menos arbitraria, pues no lo hago con fines científicos, sino más bien lo empleo por la gran carga simbólica que sugiere: la unión de dos disciplinas que, aunque poseen objetos de estudio distintos (humano/animal), proceden de forma similar; 2) Dada su extensión, el artículo se ha dividido en dos partes que se publicarán sucesivamente. Esta es la primera.

[2] Rodrigo Torres. (2014). Antecesor. Santiago: Librosdementira.

[3] p.14

[4] p.15

[5] p.77

[6] p.95



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