Miércoles 25 de Abril de 2018

El amor y el mundo de dos

Por: Juan Pablo Orellana - 21-02-2018

Amores desechables

Al parecer, la filosofía (o mejor dicho, los filósofos) se han olvidado durante el último tiempo de pensar el amor. Se ha prefijado este marco de reflexión a los límites que nos puede entregar la ciencia o la psicología, pero creo que también la filosofía puede pronunciarse al respecto, puesto que es una pregunta que a pesar del tiempo, las divergencias culturales y personales, sigue entusiasmando a los individuos.

Es la invitación que nos propone Alain Badiou, puesto que para que exista esa enorme creación artística consagrada a historias de amor, y, para que precisamente estas historias mantengan el interés de un público tan inmenso dispuesto a consumirlas, es necesario que en el amor exista algo de universal, que valga para todos y cada uno, alejándose del relativismo que nos gobierna en todos los aspectos, en dónde cada uno pareciera tener su propia Weltanschauung (imagen del mundo) que es autosuficiente por sí misma, sin importar el resto.  Y bueno, ¿qué sería esto sino una nueva forma de relacionarnos en él, ya que lo que antes tenía que suceder solamente para mí, ahora es preciso que suceda para dos?; y es que hoy, dice Badiou, “existe la convicción, ampliamente difundida, de que cada uno persigue su propio interés”. Sin embargo, el amor nos aleja de esta estéril premisa (que no deja de ser política), en tanto y en cuanto es una contraprueba de que en realidad una existencia y una forma de relacionarnos distinta es posible de llevar adelante, en donde el yo no puede limitar consigo mismo, porque el Otro aparece y aparece siendo importante, marcando un punto de inflexión en esta forma narcisista que tenemos de vincularnos con el mundo, en tanto todo está hecho para ser útil, y lo que no es útil representa un rechazo per se propio de una sociedad basada en el consumo, siendo pertinente señalar como nos lo hiciera saber Bauman, que: “En el mundo actual, todas las ideas de felicidad acaban en una tienda”.

Esta estrecha relación entre sociedad de consumo, donde todo es desechable, y la forma que ha tomado la concepción del amor, producto de la misma, ha parido un hijo bastardo que el filósofo francés denomina como “amor de cero riesgos” basado en una concepción aseguradora del amor, donde se evita a cualquier costo, el riesgo. La idea cardinal de esta concepción es básicamente: usted no sufrirá porque usted conoce de antemano los gustos de su pareja, su signo del zodiaco, sus películas y comidas favoritas, etc. Esta idea tiene su punto cumbre con la idea de empresas destinadas al coaching amoroso, que el ideólogo de nuestra época (Hollywood) nos presenta con películas del tipo: Una cruda verdad (2009) o también, Hitch, especialista en seducción (2005), que hacen evidente cómo todo se enfoca en el encuentro, que no deja de ser importante, pero también se lucha contra el azar, en beneficio del bien personal (nuevamente el Yo por encima de todo). Sin embargo, es el mismo  protagonista -por ejemplo, en el caso de la última película mencionada- quien sufre los embates de caer en ese complejo entramado de cosas que no se pueden medir ni calcular a pesar de todos sus trucos y técnicas.

Por otra parte, el “cero riesgos” en el amor consiste básicamente en sepultar de antemano una relación honesta con el Otro, pues se socaba cualquier experiencia de alteridad, porque si yo tengo todo calculado, el riesgo es para el Otro que se hace desechable en cuanto no se adecúa a mi bienestar propio, “y si el otro sufre, es asunto suyo, ¿no es verdad?”. Y nuevamente nos vemos acorralados con la pared de un egoísmo inmovilista.

La clave que nos ofrece Badiou en este punto, la encontramos en un poeta maldito, Arthur Rimbaud, quien señala en Una temporada en el infierno que: “Amar es reinventar”. Precisamente, porque la tarea que nos propone el filósofo francés consiste en reinventar el amor, aunque no se limita a ella, pues también se hace preciso defenderlo:

Sin embargo, ello no puede ser una acción defensiva, dirigida a la mera conservación de las cosas. El mundo está lleno de novedades y el amor debe ser incluido también en esta renovación. Hay que reinventar el riesgo y la aventura frente a la seguridad y el bienestar.

En el amor las cosas tienen que suceder para dos

Como habíamos anunciado anteriormente, en el amor siempre vamos a hablar de Dos, “ante todo el amor se refiere a Dos” nos recuerda el autor de filosofía y acontecimiento; esto quiere decir que partimos desde una disyuntiva. Sartre refrenda lo señalado cuando dice que “el conflicto es el sentido originario del ser-para-otro.” Y este punto aquí es atrayente, porque es precisamente en ese momento en donde se empieza a experimentar el riesgo, donde las cosas se empiezan a salir de nuestro control y, por consecuencia, empezamos a experimentar el mundo de una forma nueva, en donde el Otro se convierte en nuestra total preocupación.

Es lo que podemos llamar “encuentro”, ese concepto al que nadie podría negarle sus ribetes un tanto mágicos o milagrosos (se suele mencionar en las relaciones como: la suerte, la bendición, el milagro de encontrarnos), que consiste básicamente en esa atracción primaria, en donde el Otro se me empieza a manifestar de una manera distinta que el resto. Pero el amor no puede limitarse a esta especie de epifanía del encuentro, en donde se ensalzan las mejores y más connotadas virtudes del sujeto amado. Precisamente, una serie de contradicciones y disputas empiezan a surgir en la pareja cuando se pasa de esta etapa incial. Así nos encontramos ante la típica afirmación del: nada es como antes cuando nos conocimos (precisamente una apelación directa al encuentro). Por eso el amor no puede circunscribirse al encuentro, porque el encuentro es finito por definición. Los partidarios del new age, que se contraponen al compromiso para no cerrar sus posibilidades, se oponen únicamente en función de la necesidad de multiplicar los encuentros; no obstante, lo que parece tan libertario aquí no es más que la estratagema de la idea de amor vista como un bien de consumo y elemento del goce personal, lo que en definitiva se vuelve un valor incondicional para refrendar los valores sociales del capitalismo y de lo que tanto critican: el amor romántico.

Pasado el encuentro fundante, el mundo del Dos que se comienza a constituir tiene dos posibilidades: la renuncia (por cualquier divergencia; la idea del Otro como desechable si no se adapta a mí) o luchar por perdurar. No nos detendremos en la primera elección, porque es básicamente el camino transitado y que habíamos venido definiendo; sin embargo, en el momento en que decidimos luchar por perdurar, convertimos ese primer encuentro en un Acontecimiento.

El encuentro es entonces una especie de don, una suerte de gracia, es algo incalculable, es algo imprevisible, pero lo que va a cambiar realmente las cosas, la vida, las concepciones propias, es aceptar el encuentro, y eso significa sacar consecuencias y comprometerse en una construcción de la vida, que depende justamente y que se funda a partir de ese encuentro. Y esto es lo extraordinario, porque lo que antes sucedía para uno, ahora tiene que suceder para dos. Es decir, en el amor no hay espacio -no podría haberlo- para un narcisismo egoísta con el cual nos desenvolvemos a diario, pues en el amor tenemos que hacernos partícipe de ver al Otro como un igual y no como una cosa (mercancía) que puedo consumir y desechar, ya que se está en el plan de proyectar algo. Lo que en clave sartreana podemos llamar como un compromiso con nuestra contingencia, o como nos lo sugiere Alain Badiou, como una fidelidad al Acontecimiento. En síntesis, podemos señalar que el Acontecimiento es entonces, reconocer lo excepcional del encuentro, y la fidelidad al Acontecimiento tiene que ver con la voluntad de querer construir algo (duradero) a partir del mismo.

El amor es una aventura obstinada

Badiou nos va a decir entonces que “el amor es una aventura obstinada”, que lo que cae o fracasa a la primera de cambio, sería una mala concepción de la idea del amor, puesto que un amor verdadero debería triunfar de manera duradera sobre los obstáculos que el mundo, el lugar, pueda plantearle.

Por lo tanto y para empezar a concluir señalamos que el amor es ante todo, una construcción duradera que comienza con la disposición de vivir una aventura ante la cual es preciso mantener la obstinación, para advertir en pareja el mundo a partir de la diferencia respecto al Otro, acercándonos así a experimentar un real proceso de verdad. Esa es la importancia que le da Badiou a la duración, sin querer decir que tiene que durar para siempre, porque el amor tiene la capacidad de inventar una nueva temporalidad. Como nos recuerda poéticamente Mario Benedetti: “cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo”. Entonces, aquí el perdurar no es una mera extensión en tiempo, sino que tiene que ver más bien con que la experiencia sea para siempre. En definitiva, que sea una irrupción de la eternidad que debe desplegarse como pueda en el tiempo.

Y puesto que el amor se encuentra amenazado por la forma política-social de hoy, que bien quisiera terminar de convertir el amor en una materia más del mercado, dictado y acorde al régimen comercial como de cualquier otra mercancía, se hace necesario reafirmar su valor de ruptura, de locura, a pesar de la peste de sentido común que hoy impera y nos determina, porque ya hemos anunciado que el amor es una prueba de verdad, que niega con su presencia el dictamen al que nos tienen acostumbrados quienes nos gobiernan: que todo debe ser rivalidad, que la persona que está al frente no es un amigo o colega, sino la competencia; en definitiva: que lo mejor es salvarse solo.

Por eso, tenemos que luchar por evitar la domesticación del amor y preservar su potencia subversiva. Como bien nos señala el filósofo francés, tenemos que: “Transformar el amor en un anti-valor”. De la misma manera, el amor en su debido compromiso y fidelidad, no podemos compararlo al gozo de la vacía satisfacción erótica y contingente. Es decir, hay que luchar fervorosamente por defender lo excepcional que nos ha pasado, que pone la lógica del capital de cabezas y que a pesar de sus intentos de domesticación, seguirá presente ese elemento esperanzador, tal como nos dijera el viejo Sartre:

Es preciso tratar de explicar por qué el mundo de ahora, que es horrible, sólo es un momento en el largo desenvolvimiento histórico, que la esperanza siempre ha sido una de las fuerzas dominantes de las revoluciones y de las insurrecciones y cómo abrigo todavía la esperanza como mi concepción del futuro.

Notas al pie

  • [1] Badiou, Alain. Elogio del amor. Trad. José María Solé. Ed. La esfera de los libros. España. 2011.,  p. 29.
  • [2] Bauman, Zigmunt. Disponible aquí.
  • [3] Badiou, Alain. Op. Cit., p. 21. 
  • [4] Ibíd., p. 2.
  • [5] Ibíd., p. 42. 
  • [6] Sartre, Jean Paul. El Ser y la Nada. Editorial Losada. Buenos Aires. 1966., p. 455.
  • [7] Badiou, Alain. Op. Cit., p. 33.  
  • [8] Sartre, Jean Paul. La esperanza ahora. Entrevista de Benny Lévy  en Le Nouvel Observateur. París, marzo de 1980, reproducida por El País, Madrid 27/04/1980.


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