Domingo 30 de Abril de 2017

El nuevo 2017, ¿del sartén al fuego?

Por: Gabriel Henríquez - 12-01-2017

“… el año 1916 fue maldito, pero el año 1917 seguramente será mejor.”

Posiblemente escrito en el Diario del Zar Nicolás II de Rusia

Buena parte de los analistas internacionales están de acuerdo en que el 2016 fue un año para olvidar, un año tan malo que trajo fantasmagóricos paralelos con la década de 1930, en la que el proteccionismo y el nacionalismo parecen haberse consolidado como políticas factibles luego del referendo británico sobre la Unión Europea y el triunfo de Donald Trump. La chocante elección norteamericana otorgó el impulso que movimientos populistas necesitaban para ser tomados en serio a nivel global. Esta vez, sin embargo, alejados del militarismo que desembocó en la Segunda Guerra mundial, pero no menos dispuestos a culpar a los inmigrantes y a otros países de la situación económica interna. La economía internacional, tal como en aquella fatídica década, crece a ritmo anémico, ralentizada por compañías que no desean invertir, con expectativas de inflación decrecientes y gobiernos que evitan estimular fiscalmente sus economías. La crisis financiera del 2008 se compara con la de 1929, que dejó instituciones abultadas en deuda y ejecutando medidas de desapalancamiento en el contexto de mayor regulación bancaria (Bloomberg, 2016). Esto sucede mientras los países exportadores de commodities se ajustan a un nuevo “normal” de bajos precios, limitando las entradas fiscales y contribuyendo a diversos grados de ajuste de expectativas.

Consideremos también la situación de la seguridad internacional. En julio ocurrió en Turquía un intento de golpe de Estado que reflejó el intenso conflicto entre las elites islamistas y ultranacionalistas. El fallido derrocamiento permitió a Recep Tayip Erdogan purgar el servicio civil y el ejército, incluyendo jueces, gobernadores, profesores y rectores de universidades; cimentando así su poder en casi todas las esferas de la sociedad (Huffington Post, 2016). Turquía es hoy instrumental para dosificar los flujos migratorios a Europa y es actor relevante en el conflicto en Siria. La oscilación de Ankara entre democracia liberal y autoritarismo representa justamente el conflicto de intereses a nivel geopolítico entre OTAN y Rusia. Turquía es una válvula a Europa o Medio Oriente.

En Siria, Alepo fue finalmente conquistado por las fuerzas leales a Bashar al-Assad en diciembre, luego de meses de enfrentamiento y guerra total entre el gobierno y los heterogéneos rebeldes. Un triunfo que favorece la posición de Rusia respecto a Siria, complicando a la vez a los norteamericanos, cuya respuesta parece ser armar más agresivamente a los grupos rebeldes moderados. Esto sucede a pesar de que las armas suministradas anteriormente terminaron en el mercado negro (New York Times, 2016).

La posición de ISIS en Iraq se ha debilitado, mientras en Siria concentra sus operaciones en Raqqa, a 160 kilómetros de Alepo. El plan de ISIS de atacar capitales europeas tuvo éxito parcial. El teatro Bataclán fue escenario de una masacre en Paris, Bruselas fue víctima de un atentado en el metro urbano, y recientemente Alemania sufrió un ataque en un mercado navideño en Berlín. Estos sucesos harán de la política de seguridad el centro de atención en próximas elecciones, especialmente en Francia y Alemania, confrontando posiciones de ultraderechistas y centristas respecto a migración y religión. Atacando Europa, ISIS intenta generar conflictos internos y tensiones sociales, lo que animaría a más jóvenes musulmanes a acudir a hacer la Jihad. Además, ataca un modelo de coexistencia que es peligroso para la definición ortodoxa del califato islamista. (Politico, 2016)

Mientras tanto, expertos y tecnócratas que por años reinaron en los círculos políticos occidentales parecen tornarse irrelevante, toda vez que grandes segmentos de la sociedad desconfiaron de las recomendaciones de economistas respecto a las consecuencias del Brexit, mientras los estrategas políticos se hundían tras proyectar resultados electorales que escasa precisión tuvieron al compararlos con la realidad. El experto parece haber perdido el nexo con la sociedad a la cual aparentemente “sirve”. Al día siguiente de la victoria de Trump, los analistas ligados al establishment norteamericano aún seguían sin poder explicarse la “sorpresiva” derrota de Clinton.

También fue el año de los plebiscitos fallidos, de los suicidios políticos. David Cameron coqueteó con el referendo respecto a la UE durante la campaña para absorber algo de voto nacionalista, pero llegado el momento lo perdió junto con el puesto de Premier, dejando a una sociedad dividida y un partido que no tiene idea cómo abordar la salida del bloque económico. En Italia, Matteo Renzi también ligó un referéndum a su futuro político, al apostar por una reforma constitucional que haría más fácil la gobernabilidad del país, de acuerdo a los críticos disminuyendo el carácter representativo de la democracia.

Por el sur, en Colombia, Juan Manuel Santos tuvo la noble (pero inútil) idea de refrendar el acuerdo de paz con las FARC, para el cual tenía de todos modos el apoyo popular al ser un punto clave de su campaña presidencial. Lo perdió. La campaña de desinformación de la derecha del ex Presidente Álvaro Uribe fue efectiva, así como escasa la habilidad comunicativa del gobierno.

A fines del 2016, la excesiva confianza en el orden pro-mercado establecido en los 90 se sigue derrumbando luego de la crisis del 2007-8. El capitalismo anglo-americano (o anglosajón) ha seguido su bizarra progresión en Estados Unidos. Trump prácticamente inaugurará una plutocracia al integrar al gabinete y su círculo cercano empresarios cuyo valor neto es de cerca de US$10 billones (Business Insider, 2016).

Lecciones del 2016

Una lección del 2016 es que todo proceso económico o político tiene años de gestación. En los 90 quienes advertían contra la excesiva globalización y liberalización eran las ovejas negras de sus disciplinas –Krugman, Rodrik, Stiglitz en economía, por ejemplo–. Se les criticaba por ver lo negativo de un proceso que estaba generando mayor riqueza, menos pobreza e integraba a países previamente aislados al orden internacional.

El clima post-guerra fría fue de éxtasis. China se insertaba lentamente en la economía internacional, demandando cada vez más materias primas y exportando bienes baratos para beneficio del consumidor occidental. Por otra parte, la mitad de Europa salía de dictaduras e ingenieros económicos buscaban cómo insertarla al mundo. Sólo en Asia, la crisis de 1997 pareció advertir los límites de la euforia, pero se culpó a las cualidades del capitalismo de estado asiático más que a las recetas económicas occidentales.

En aquellos tiempos, la Tercera Vía, que incluía diversos partidos socialistas renovados y laboristas, quebraba el discurso conservador abrazando mecanismos de mercado y brindándoles una aparente orientación social. Ahí la globalización era parte fundamental. Si Occidente se desindustrializaba debería buscar compensación en la forma de bienes de consumo más baratos, bienestar mediante el endeudamiento (en Estados Unidos en particular) y espacio de rentable inversión en el exterior.

Mientras la economía crecía no había problema. Si había bastaba que la FED bajara la tasa de interés y el crédito siguió fluyendo. Si, en la Eurozona, bancos prestaban a Grecia, España o Portugal a tasas alemanas, la convergencia llegaría automáticamente. Todo estaba aparentemente solucionado.

¿Un 2017 para peor?

A pesar de lo descrito más arriba, la situación hoy parece ser menos grave que en la década de 1930. No existe una depresión generalizada. Probablemente Grecia sea el único caso comparable a la opción consciente de austeridad, desempleo masivo y depresión de salarios.

La interdependencia económica hace que la autarquía hoy sea prácticamente un suicidio, un regreso a las políticas que llevaron a la humanidad directo a la Segunda Guerra Mundial. La consciencia de esto es justamente lo que llevó a los líderes del G20 a coordinar enormes estímulos entre 2009 y 2011 para salvar a la economía internacional (The Guardian, 2016). Se rechazó la prescripción pro-cíclica del tipo que hundió a Estados Unidos en depresión a principio de la década de 1930 y que permitió la caída de Alemania en el fascismo. Por doce meses, de hecho, Keynes fue mainstream, al caerse la teoría del mercado eficiente que nutrió el crecimiento del sector financiero directo a la crisis (Blyth, 2013).

La conclusión que ha devastado a la teoría económica convencional es que el problema económico está lejos de ser resuelto. Los optimistas años 90 de la consolidación del modelo neoclásico están enterrados. Desde la confianza en el piloto automático de Greenspan hemos llegado verdaderamente a tiempos críticos, donde los bancos centrales no hacen más que inyectar dinero, con dudoso impacto en la economía real y cercanos a sucumbir a tasas de interés negativas. Gobiernos nuevamente anclados en el marco teórico pre-crisis, orientado a mantener un equilibrio fiscal luego de haber absorbido, el sector público, montañas de deuda privada. Se evitan políticas inflacionistas, a pesar de que el peligro del momento es la deflación. Existe, por tanto, una mezcla entre prioridades pasadas y una nueva coyuntura. 

La sociedad, sin embargo, ha cruzado otras fronteras. El discurso de odio hacia diferentes orígenes y religiones se ha normalizado. Lo que antes era odio reprimido, hoy es pataleta legítima. La coalición del NO, aquella contra-globalización, incluye a los desplazados, pero también a grupos en contra del actual desarrollo social, desde supremacistas blancos, pasando por racistas y misóginos. Nigel Farage atacaba hace unas semanas al viudo de la ex representante Jo Cox –asesinada por un neonazi pro Brexitmientras el AfD alemán criticaba a Merkel por el atentado en el mercado navideño con antipatía y desprecio (Deutsche Welle, 2016).

Lo que será relevante en 2017

Contrario a las expectativas, la bolsa norteamericana terminó el 2016 con cuentas positivas, al lograr un repunte aproximado de 10% luego de la elección. Los stocks financieros fueron los más beneficiados, apostando porque Trump desregule la industria, anule la reforma Dodd-Frank y las reglas fiduciarias impuestas por Obama. Las ganancias en stocks de la industria de la salud, por su parte, fueron exclusivamente a los farmacéuticos. Si esa industria temía que Clinton introdujera negociación de precios de medicamentos, la apuesta es que Trump velará por altos precios (MarketWatch, 2017).

Para algunos países en desarrollo, al menos es una nota positiva que commodities como el cobre recuperen terreno luego de la eventual demanda para construcción que involucraría la inversión en infraestructura anunciada por Trump. Otros están preocupados por su política mercantilista. Trump ya ha criticado anuncios de General Motors y Ford de invertir en México, amenazando con aranceles punitivos a la importación. En este último caso Ford debió cancelar los planes de inversión de US$1.6 billones en San Luis de Potosí, orientando US$700 millones a la planta de Flat Rock, Michigan (Reuters, 2017).

México sin dudas sufrirá de la intimidación a inversiones norteamericanas, efecto que caídas consecutivas del peso podrían remediar vía promoción de exportaciones. Sin embargo, está claro que Peña Nieto tendrá una posición cauta o de apagicuamiento, mientras Trump sabe que puede abusar de México, pero no está claro si emplearía un mercantilismo similar con China u otros países.

Fuera de los negocios, los europeos esperan saber cuál será la posición de Trump sobre la OTAN, denostada durante la campaña, y las formas en las cuales se espera los socios contribuyan más a la política de seguridad occidental. Del mismo modo, existe interés en saber el tipo de relación que tendrá con otros populistas del continente, en contraste con las relaciones con Alemania y Francia. En particular su posición sobre Vladimir Putin, quien desafía abiertamente a Occidente en Siria, en el Este de Europa y los Balcanes, además de apoyar entusiastamente partidos populistas en Europa.

En Asia, Trump aseguró al premier japonés el mantenimiento de la alianza. Fue el primer líder que recibió luego del triunfo, a pesar de haber criticado la contribución japonesa a la seguridad en el Este de Asia. Si bien eso señala que muchas de las alianzas militares seguirán estables, las tensiones o crisis son precisamente los episodios más riesgosos sobre los que no se sabe cómo reaccionaría Trump.

Del mismo modo, serán claves las decisiones del nuevo gobierno respecto a Siria y la política de Medio Oriente más concretamente. El premier israelí, Benyamin Netanyahu, parece virar aún más a la derecha sabiendo que encontrará un par populista en Washington. Las tensiones  israelo-palestinas podrían así aumentar. Si se desatienden las relaciones sunita-shiitas, el débil equilibrio podría verse también comprometido.

Este 2017 hay elecciones en Francia y Alemania. En el primero, el socialismo llega debilitado con un Presidente con un 4% de apoyo al mes de noviembre (Le Figaro, 2016). Le flanquean un candidato de derecha que ha virado al conservadurismo duro, François Fillon, y un llamativo liberal que fue ministro de finanzas de Hollande, Emmanuel Macron, actualmente sin afiliación partidaria, más la ultraderechista Marine Le Pen, reforzada por el triunfo de Trump, pero debilitada por el mecanismo de segunda vuelta donde probablemente enfrente a un candidato de derecha que será apoyado por la izquierda. Las claves serán las reformas económicas para reimpulsar el crecimiento en el contexto de una unión monetaria deprimida y sin espacio para expansiones fiscales.

En Alemania con seguridad Angela Merkel será reelecta nuevamente (The Guardian, 2016)  transformándose en el liderazgo más experimentado en Occidente con cuatro periodos consecutivos. Lo relevante es la postura que tendrá respecto a las políticas de Trump, y al eventual liderazgo que se espera de Berlín si EE.UU. desatiende su compromiso democrático. Merkel deberá manejar el proceso de Brexit sin menoscabar la economía europea, además de lidiar con una Rusia absolutamente empoderada en el contexto de un nuevo gobierno norteamericano aparentemente conforme con los avances de Putin. Lo anterior es complementado por una crisis migratoria sin fin observable, dada la situación en Siria, y consecuentemente con amenazas terroristas que harán poner en la balanza libertad y seguridad.

China cambia de liderazgo en este año, y el foco de atención será cómo confrontará a un Estados Unidos más asertivo y diplomáticamente impredecible. El Presidente Xi Jinping será reelecto, como ha sido a tradición de los líderes chinos post-Mao. Si Xi dedicó su primer periodo a concentrar el poder, ahora buscará materializar su influencia mediante nominaciones, dado un perfil relativamente débil en las redes de patronaje tradicionales en el partido comunista (Financial Times, 2017). Tensiones históricas en el mar del Sur de China, la relación con Japón y Taiwan se verán mezcladas por el perfil impulsivo de Trump; ya su diplomacia de “twitter” costó asperezas con Beijing relacionadas con la política de “Una China”. Mientras tanto, Xi tiene la gran oportunidad de cimentar su influencia económica en el Asia Pacífico, luego de la aparente retirada de Estados Unidos del Trans-Pacific Partnership y las declaraciones aislacionistas de Trump. Además, deberá responder a la eventual hostilidad económica de Washington, pues el presidente electo se refirió en campaña a la relación sino-americana como una “violación a Estados Unidos”.

Todo rodeará a Estados Unidos. Si hay un repliegue económico, se notará en quienes aprovecharán de incrementar su influencia, perturbando el statu quo y generando fricciones de diferente orden. Asunto que se vuelve más crítico si existe un repliegue en seguridad, cediendo terreno en Asia, Medio Oriente y Europa a nuevos actores, abdicando influencia e incrementando el riesgo de abiertos conflictos.

No son los treinta, pero vaya que huele parecido.

Referencias

Blyth, Mark (2013). Austerity: a history of a dangerous idea. Oxford, Oxford University Press. 



Comentarios

comments powered by Disqus
Newsletter
Redes Sociales
Sitios Amigos