Jueves 22 de Junio de 2017

Legalidad, moralidad y sentido común: los Panama Papers como un problema de clase

Por: Alejandro de Coss Corzo - 28-04-2016

Los Panama Papers son una comprobación de la existencia de dos conjuntos de reglas: unas para los ricos y otra para el resto. En esta simple narrativa coinciden Slavoj Žižek, Thomas Piketty, el Partido Laborista inglés y múltiples comentaristas en todos los países involucrados. El porqué es simple. Mientras a algunos nos es dicho que debemos aceptar que no hay otra alternativa a la austeridad, a la desigualdad y a la pobreza, los que emiten estos discursos prueban, día a día, que la alternativa tiene un precio de acceso muy alto.

El caso de David Cameron es un buen comienzo. Los Panama Papers mostraron que su padre banquero había utilizado sistemáticamente paraísos fiscales para evadir el pago de impuestos – y que David se benefició de ello (Booth, Watt, & Pegg, 2016). Su propia herencia, se presume, fue manejada de esa forma (Boffey, 2016). Por supuesto, Cameron no está sólo. La empresa de George Osborne, el canciller, no ha pagado impuestos corporativos en 7 años (Sims, 2016).

La defensa de los privilegios es bastante simple también. En primer lugar, se señala que los movimientos bancarios son, de hecho, legales. Así, la cuestión no es una que corresponde al derecho, sino a la moral (y en esto, muchas críticas coinciden). Algunos parlamentarios y periodistas ingleses, por ejemplo, han señalado que lo que hay detrás de la indignación es simplemente envidia (Daily Mail Comment, 2016). El rencor de los que han fracasado en la competencia capitalista – que es la vida – hacia aquellos que han triunfado. Un último punto es esgrimido como defensa, sobre todo en algunos países de América Latina: los gobiernos roban tanto que es normal que si se tiene algo de dinero se mueva a otros países. Esto lo escuché no de un político, sino de una colega argentina en Londres. Así, las reglas del juego cambian: no solamente es legal evadir impuestos, sino que es inmoral criticarlo y perfectamente lógico hacerlo.

Esta estrategia defensiva no combate la narrativa crítica con la que este texto comenzó. Es, al contrario, una aceptación clara de su validez. Sí, algunos tienen acceso a un conjunto de reglas distinto, pero éste puede ser comprado. Fallar en llegar a ese punto es un fracaso exclusivamente individual. De igual forma, evadir impuestos es algo totalmente lógico, incluso para quienes no lo hacen. “Si estuviera yo en esa posición, haría lo mismo”, me han confesado amigos y sus familias. Los impuestos son vistos como un robo y la evasión como el cuidado lógico del patrimonio inalienable.

Esto mismo señala Brian Majlin en Distintas Latitudes: “Lo más destacado del #PanamáPapers es que muestra un atributo de clase y no una excepción. Quizás allí radique una respuesta a la falta de respuesta: no escandaliza lo que se asume propio” (Majlin, 2016). Pero, ¿en qué consiste este sentir como propio y cómo se relaciona con el mirar a los Panama Papers como una cuestión de clase? En este breve texto, exploraré estas preguntas a través de tres arenas interrelacionadas: lo legal, lo moral y lo lógico.

Lo legal

Lo legal es político. En palabras de Slavoj Žižek, “[l]a cuestión de dónde comienza el crimen (qué transacciones financieras son ilegales) no es una cuestión jurídica, sino una pregunta eminentemente política, una de la lucha por el poder” (Žižek, 2016). La distancia entre el lavado del dinero de la droga y la transferencia legal de herencias o ganancias corporativas es un campo de lucha política. La diferencia entre uno y otro no radica en una esencia criminal: es una disputa de clase cristalizada en una legislación. Esto, por supuesto, no quiere decir que los narcotraficantes sean proletarios en lucha contra un sistema injusto. Significa que las clases económicas dominantes entran en luchas políticas y sociales por legitimidad, poder y capitales no-económicos. Luchas que implican violencias atroces, como la que vive México con sus más de 130,000 muertos a la fecha y las decenas de miles de desapariciones relaciones a la guerra contra el narcotráfico.

Las diferencias y pugnas entre élites no deben, sin embargo, llevarnos a pensar que la lucha por definir lo legal y lo ilegal es una cuestión que sólo concierne al poderoso. Un caso británico puede ayudar a observar esto en el contexto de los Panama Papers. El gobierno de David Cameron ha endurecido las medidas contra el “fraude en los beneficios” (benefit fraud). En pocas palabras, esto quiere decir que el gobierno ahora persigue fuertemente a quienes, por ejemplo, siguen cobrando seguro de desempleo a pesar de contar ya con un trabajo. Esto lo hace a pesar de que los números muestran que el fraude no representa más del 0.7% del presupuesto de seguridad social (Department For Work and Pensions, 2012). Lo hace construyendo una imagen mediática en la que el pobre es un parásito que se alimenta de los miembros de la sociedad que sí trabajan (Taylor, 2007) – esto en un país en el que alrededor de la mitad de los pobres tienen un empleo (Hill, 2015; BBC News, 2013). Lo hace al tiempo que el Primer Ministro y el Canciller, entre muchos otros, evaden sistemáticamente los impuestos que, entre otras cosas, sirven para financiar los beneficios de la seguridad social. Austeridad para unos, bonanza para otros.

El carácter de clase del proyecto de austeridad, por supuesto, no es nuevo. El hecho de que se engarce con las redes globales de lavado de dinero tampoco es algo que sorprenda. Lo que es novedoso es la posibilidad de poner nombres y apellidos a esa difusa élite global, a la oligarquía internacional que muestra que la clase dominante no es un capitalista del siglo XIX de caricatura, sino un conglomerado de políticos, empresarios (de lo legal y lo ilegal), gerentes y accionistas que comparten más un proyecto económico que cualquier nacionalidad. Esta élite no sólo tiene el poder de ilegalizar la búsqueda de un ingreso mayor de los más pobres en sus sociedades, o de volver imperativa la austeridad que enriquece a los bancos y empobrece a las mayorías. También puede doblar los límites de lo legal, hacer las normas maleables. Este conocimiento, tan común para cualquier ciudadano latinoamericano, se muestra como lo que es: no una desviación de países subdesarrollados, sino un rasgo estructural del sistema capitalista contemporáneo.

Hacer difusas las fronteras de lo legal e ilegal es una característica del poder del dinero. Pecunia non olent, dijo algún emperador romano. El dinero no huele. Su procedencia es secundaria. Mossack Fonseca es sólo un lugar en el que, de estar teñido en sangre, injusticia y marginación, se vuelve limpio. El proceso de limpieza oculta el mecanismo de acumulación. Poco importa si el dinero viene de la colusión de la constructora mexicana HIGA con el gobierno de Enrique Peña Nieto; si los fondos vienen del tráfico de armas entre empresas legales y gobiernos dictatoriales o de la explotación de los trabajadores de las industrias textiles del mundo. La legalidad es algo que se obtiene a través del ejercicio del poder y no lo contrario. Esa es una lección relevante de los Panama Papers.

Lo moral

“Suele decirse que la extrema pobreza se ha vuelto un elemento del paisaje, que se ha naturalizado y ya no llama la atención. Que dejó de ser noticia. Es cierto, de algún modo, aunque suele olvidarse – tantas veces como se invoca esa premisa – su contracara: se ha naturalizado, también, la extrema riqueza.” (Majlin, 2016)

Si la pobreza extrema y la riqueza extrema se han naturalizado, también los discursos morales en torno a ellas se vuelven comunes. Antes mencioné cómo, en Inglaterra, los miembros conservadores del parlamento quisieron convertir la crítica de la evasión fiscal en la que David Cameron incurrió como un tema de envidia. Aquí, en un movimiento clásico del capitalismo contemporáneo, el pobre es pobre porque quiere y el rico lo es únicamente por su trabajo duro. Esto es por supuesto falso. Basta observar que la riqueza de Cameron – como la de una gran parte de la oligarquía global – viene de herencias. Esto es lo que Thomas Piketty encontró en su célebre Capital en el Siglo XXI. Con los Panama Papers queda comprobado, además, que estas herencias no sólo no pagan el impuesto suficiente, sino que sus beneficiarios buscan activamente evitar cualquier tasación.

A la par, marcha un discurso que señala a los impuestos como un robo. Normalmente localizado en el feudo de los libertarios, esta justificación ha emergido recientemente. Aparece ya no como la opinión de un grupo que podría considerarse radical, sino como un resultado de equiparar al Estado con corrupción y a la política con robo. Así, que los oligarcas no paguen impuestos no sería la causa de los fracasos de algunas políticas sociales alrededor del mundo, sino un resultado de la existencia de la idea misma de redistribución. Una agenda reformista, que busca reducir la desigualdad a través de la política fiscal, queda relegada a un espacio de radicalidad máxima. Un triunfo de una escala de valores que emerge de las élites, pero termina permeando en clases más bajas. Probablemente lo único que ha goteado de arriba hacia abajo en este modelo económico neoliberal.

Así, nos quedamos con una lógica en la que la pobreza es inmoral porque el pobre la construye con su pereza. La riqueza es buena porque el rico la ha trabajado incansablemente. Esta formulación mítica se sostiene a pesar de cualquier evidencia. La simplísima lógica aparece aquí y allá. No es sólo un producto cultural que se transmite a través de los modelos económicos dominantes, de la educación financiera y de otras tantas formas, incluidas la televisión o las noticias. Es parte integral de la formación familiar y un relato que acompaña a dinámicas de acumulación cada vez más violentas y las hace no sólo tolerables, sino deseables: la élite y su riqueza no sólo como dada, sino como buena.

En un artículo en The Guardian, George Monbiot (2016) señala que la ideología del neoliberalismo lo permea todo. La vida humana queda reducida a la competencia. La riqueza se vuelve medida necesaria del éxito. El fracaso es la pobreza y la pobreza es fracaso, siempre individual. Así, la virtud termina por equipararse al ideal del buen capitalista, con todo y el fetiche de la producción él llegó a ser rico de forma casi espontánea. En la cúspide del pensamiento mágico, la riqueza de unos no representa el trabajo de otros, sino las acciones del mercado, que se pretenden higiénicas. Los Panama Papers cuestionan esta narrativa de forma profunda, al tiempo que señalan la existencia de un sentido común que dota a lo legal y lo moral de su lógica y consistencia.

El sentido común

En el mismo texto, Monbiot indica que el éxito del neoliberalismo es haber logrado que su nombre no se pronuncie más, al tiempo que sigue rigiendo los destinos del mundo. La competencia, el individualismo y la naturalización de la desigualdad que le acompañan, se convierten no en consecuencias de una política económica, sino en efectos necesarios del devenir humano. Las cosas siempre han sido así. No hay alternativa. Todos hemos leído a alguien que escuchó bien a Thatcher.

Las palabras que utiliza el neoliberalismo, dice Monbiot, son eufemismos:

“’El mercado’ suena como un sistema natural que cae sobre nosotros por igual, como la gravedad o la presión atmosférica. Pero está lleno de relaciones de poder. Lo que ‘el mercado quiere’ suele querer decir lo que las corporaciones y sus jefes quieren” (2016).

Así, la fortaleza del aparato ideológico neoliberal es ocultar las relaciones de poder que hay detrás de su accionar. Es separar la práctica del discurso. Es ocultar la explotación en la mercancía, en la renta, en la apropiación del territorio. Pero este ocultamiento no sucede en lo abstracto. Se lleva a cabo de formas concretas. Los Panama Papers son una pequeña ventana que nos deja ver los engranajes de este proceso de camuflaje. Nos dejan ver cómo las abstracciones de la alienación y el fetichismo de la mercancía son siempre, al final, materiales.                 

Aquí es, me parece, el lugar en dónde la crítica al modelo neoliberal ha fallado. Es verdad, como dice Monbiot, que el éxito de esta ideología es volverse natural, innombrable, subyacente a la acción y al discurso público y privado. Y en donde está su éxito está también parte del fracaso de quienes nos oponemos a ella. La misma palabra “neoliberalismo” invoca una suerte de transferencia mágica. Cuando aparece, la descripción suele desaparecer. Se toma como un elemento dado. Como si por el hecho de decir que el mercado no es un ente que se autorregula, sino un espacio de lucha política, como la ley o la moral, ya no fuera necesario decir cómo funciona esa lucha y quiénes específicamente la llevan a cabo. Una crítica endeble para un gigante formidable.

Pero tal vez la consistencia del neoliberalismo sea algo que la misma crítica le impone posteriormente. En un libro magistral, Timothy Mitchell analiza la producción de la economía, el estado y el territorio en Egipto en los siglos XIX y XX (2002). Su argumento general es que esas abstracciones siempre fueron creadas a partir de una práctica difusa, contradictoria e incompleta – desde el punto de vista del modelo. La abstracción siempre ha implicado dejar fuera cosas que no cabían en la descripción teórica. El hecho de que quedaran fuera no las desapareció, sino que siguió relegándolas a los márgenes prácticos y éticos de modelos que, por otra parte deberían ser perfectamente funcionales. Esta disonancia parece repetirse en nuestra crítica. El gigante formidable, en algunos momentos muy concretos, no es más que la transferencia de grandes cantidades de dinero de ciertos individuos a través de una firma panameña específica, mediante mecanismos perfectamente conocibles, si bien oscuros y enmarañados.

No basta señalar que el neoliberalismo se ha vuelto sentido común. Esto, en sí mismo, es sentido común ya. Desde el periodismo y las ciencias sociales se pueden crear críticas más concretas, descriptivas y específicas que muestren cómo esta normalización oculta la explotación económica y ecológica. Sin embargo, este enfoque en lo específico y concreto tiene que mantenerse atento a no caer en una crítica superficial. Es fácil mirar el asunto de los Panama Papers y decir que es cosa de algunos corruptos y dejarlo en una crítica moral. Es fácil también decir que el estado es corrupto en sí y dejarlo en otra crítica moral, más extrema. El reto fue planteado por Žižek: hay que cambiar de la indignación moral a la crítica del sistema económico. Esto implica tener presente el carácter de clase de la evasión fiscal y las múltiples formas en las cuáles se liga a la explotación, al colapso de la seguridad social y a la destrucción del medio ambiente a nivel global.

Corolario: algunas lecciones de los Panama Papers

Hace algunos meses vi al multicitado Žižek en una charla en Londres. Lo acompañaron Yanis Varoufakis y Julian Assange. Hacia el final, Žižek dijo que, en los últimos años de los regímenes socialistas del siglo XX, los gobernantes enviaban a sus grandes críticos a conferencias en Occidente con los gastos pagados. Estos críticos sociales se encontraban muy ocupados pidiendo cambios totales, de la estructura completa, y representaban un reto mínimo para los grupos en el poder. La historia demostró que los cambios comenzaron en lo concreto, diario y local. Una demanda específica puede hacer más por desestabilizar a un sistema injusto que una exigencia abstracta como la famosa “que se vayan todos”.

Es el mismo caso con los Panama Papers. Es necesario señalar que es un proceso que tiene en su base un conflicto de clase. Es importante notar que en Panamá el dinero que produce legalmente una empresa minera en Colombia se mezcla y funde con el que extrae ilegalmente una empresa de producción de drogas en México. La ilegalidad y legalidad de una y otra es una cuestión política. También hay que dejar claro que el discurso que equipara la acumulación y la evasión con un bien moral, y los impuestos con un robo, beneficia a una clase y garantiza la profundización de la desigualdad económica. Finalmente, todo esto, es verdad, se fundamenta en un sentido común del que son parte no sólo el discurso hegemónico sobre la economía, sino grandes secciones de la crítica al mismo.

Pedir un cambio absoluto del sentido común se antoja difícil. Esas cosas no se pueden legislar. El sentido común se produce social y materialmente, a lo largo del tiempo. Pedir que se extirpe absolutamente la corrupción del capitalismo es lo mismo que pedir que los capitalistas renuncien a su poder voluntariamente, por la fuerza de la vergüenza pública y la sanción de (una parte de) la sociedad. Si seguimos la sugerencia de Žižek, el cambio debería ser más pequeño, más concreto y, por lo tanto más factible – ello sin perder la capacidad de desencadenar una cadena de transformaciones de profundidades difíciles de planear previamente.

Thomas Piketty ha vuelto a pedir por una reforma fiscal global en este contexto. Ha pedido, de nuevo, que los impuestos tasen a la riqueza para evitar su concentración en cada vez menos manos. Esta acción es política.

“En otras palabras, continuamos viviendo bajo la ilusión de que el problema se resolverá de forma voluntaria, pidiéndole amablemente a los paraísos fiscales que dejen de portarse mal. Es urgente acelerar el proceso e imponer fuertes sanciones comerciales y financieras a los países que no cumplan con reglas estrictas.” (Piketty, 2016)

¿Quién impondría estas sanciones? Otros estados, asumimos. El problema claro es que la mayor parte de las élites que controlan los gobiernos son parte de la misma clase que evade impuestos como una estrategia económica. Aquí la situación técnica no termina por politizarse profundamente. Podemos asumir que la postura de Piketty es un llamado a las oposiciones de izquierda a formar políticas fiscales sólidas, que ataquen la desigualdad y a concentración de la riqueza. Así lo demuestra, por ejemplo, su posición como asesor del Partido Laborista de Jeremy Corbyn. Una demanda concreta, tal vez, sea la de construir oposiciones radicalmente democráticas que tengan, en el centro de sus políticas económicas, la producción de un nuevo discurso y un nuevo sentido común en torno a los impuestos y la redistribución. Una propuesta pequeña, reformista y neokeynesiana, que, tal vez, abra la puerta a demandas más ambiciosas y radicales sobre cómo cambiar el mundo.

Referencias

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  • Booth, R., Watt, H., & Pegg, D. (07 de April de 2016). David Cameron admits he profited from father's Panama offshore trust. Obtenido de The Guardian: http://www.theguardian.com/news/2016/apr/07/david-cameron-admits-he-profited-fathers-offshore-fund-panama-papers
  • Daily Mail Comment. (2016, April 11). The politics of envy and why it's inheritance tax itself that's immoral. Retrieved from The Daily Mail: http://www.dailymail.co.uk/debate/article-3533114/DAILY-MAIL-COMMENT-politics-envy-s-inheritance-tax-s-immoral.html
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  • Majlin, B. (2016, April 11). Offshore, un negocio completamente normal, crónica desde Argentina. Retrieved from Distintas Latitudes: http://www.distintaslatitudes.net/offshore-un-negocio-normal
  • Mitchell, T. (2002). Rule of Experts: Egypt, Techno-Politics, Modernity. Londres: University of California Press.
  • Monbiot, G. (2016, April 15). Neoliberalism – the ideology at the root of all our problems . Retrieved from The Guardian: http://www.theguardian.com/books/2016/apr/15/neoliberalism-ideology-problem-george-monbiot
  • Piketty, T. (2016, April 09). Panama Papers: Act now. Don't wait for another crisis . Retrieved from The Guardian: http://www.theguardian.com/commentisfree/2016/apr/09/panama-papers-tax-havens-thomas-piketty
  • Sims, A. (2016, February 14). George Osborne family business 'has not paid corporation tax for seven years'. Retrieved from The Independent: http://www.independent.co.uk/news/uk/politics/george-osborne-receives-dividend-payment-from-family-business-that-pays-no-corporation-tax-a6873151.html
  • Taylor, A. (2007, January 10). A taxing problem. Retrieved from The Guardian: http://www.theguardian.com/commentisfree/2007/jan/10/comment.society
  • Žižek, S. (2016, April 7). Explaining the Panama Papers, or, Why Does a Dog Lick Himself? Retrieved from Newsweek: http://europe.newsweek.com/panama-papers-dogs-themselves-north-korea-vladimir-putin-444791?rm=eu


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