Viernes 21 de Julio de 2017

Trump, la antiglobalización y el Pacífico

Por: Gabriel Henríquez - 04-05-2017

Al desechar el Tratado Transpacífico (TPP, en inglés), Donald Trump dio rienda suelta a las fuerzas que compiten por influencia en el Asia Pacífico, donde un Estados Unidos dubitativo o desvinculado puede tener importantes efectos en la distribución de poder en la región en los próximos años. Tal competición, sin embargo, no debe pensarse inmediatamente en términos bélicos, más bien esta se expresaría en influencia en aspectos comerciales, monetarios y diplomáticos. Mientras una confrontación directa con China es teóricamente posible (Foreign Affairs, 2011), esta parece ser lejana, dada la interdependencia comercial y financiera entre ambos países.

Con todo, en campaña Trump prometió lanzar una guerra comercial contra China, proponiendo aranceles de 45%. Además, amenazó a Beijing con denominarlo manipulador monetario. Minutos después de asumir el poder, Trump llamó a la presidenta de Taiwan Tsai Ing-wen, indicando que los EE.UU. no respaldarían la política de “una China”, despreciando lazos fundadores de la relación sino-americana, ignorando décadas de práctica diplomática.

Mientras Trump desechaba el TPP y vociferaba contra la globalización, en Suiza, en el Foro Económico Mundial, al cual no asistió, el Premier Chino Xi Jingping advertía contra los peligros del proteccionismo, ofreciendo una apasionada defensa del libre comercio (Reuters, enero 2017). Xi manifestaba el interés de China de tener un mayor rol a nivel mundial y defender la globalización económica, en contraste al Presidente norteamericano que amenazaba con renegociar o desechar acuerdos comerciales y proteger empresas norteamericanas con medidas arancelarias.

Fue la primera visita de Xi al famoso foro de Davos, con una delegación de seis altas autoridades, y la primera de un Premier chino. Una clara muestra de poder e interés en tomar las riendas de la globalización.

A pesar de la crisis económica global, Asia sigue siendo la zona más relevante para el crecimiento económico y comercial. Es más, este año, varias actividades del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) resaltarán el lugar central de Asia en el orden económico internacional. El FMI espera que Asia crezca un 5,3% en 2017, en contraste con un crecimiento global de 3,5% (FMI, mayo 2016).

Naturalmente, el modelo chino está lejos de ser similar al libremercadista norteamericano. China es criticada por las restricciones a inversiones extranjeras y el impulso agresivo de sus empresas para realizar adquisiciones en Europa. De hecho, en 2016 China sobrepasó a los EE.UU. en valor de fusiones y adquisiciones externas, que fueron un 68% más altas que en 2015 llegando a US$173,9 billones. Una avalancha de compras externas hechas posibles sólo luego de tres décadas de alto crecimiento económico, masivas reservas de divisa y claras directrices desde el gobierno para adquirir importantes compañías a nivel mundial – buscando incrementar influencia y saber tecnológico (CNBC, 2016)

En este sentido, el impulso del TPP por parte de Obama tenía por objetivo anclar reglas y relaciones comerciales que dificultasen la pérdida de influencia de Estados Unidos y de sus corporaciones. Esto en vista a que, en un futuro no tan lejano, en el cual naturalmente empresas chinas madurarán y buscarán expandirse (aún más), o lisa y llanamente China buscará acomodar espacio de inversión y comercio vía la imposición de sus propias reglas.

La irrupción de Trump ha generado, además del temido proteccionismo, un componente adicional de riesgo al cambiar los parámetros diplomáticos norteamericanos. Sus vociferaciones via Twitter han generado impacto político y económico nunca antes visto. Trump logró intimidar a General Motors y Ford de invertir en México (Ballotage, enero 2017), haciendo oscilar el peso mexicano creando dificultades para empresarios e inversores. La palabra del presidente norteamericano importa, y la de un deslenguado Trump ciertamente es un arma adicional al arsenal de políticas económicas.

¿Bullying monetario?

La confrontación con México toca un tema que afecta a los principales socios comerciales norteamericanos. La magnitud del déficit comercial y la relación con el valor de las divisas se ha vuelto otro tema politizable, en el que una divisa subvalorada respecto al dólar estimula las exportaciones hacia EE.UU. incrementando el déficit. Algo que Donald Trump ve como una debilidad y símbolo de la pérdida del poder industrial norteamericano. De hecho, durante los primeros días de la administración Trump se vieron críticas a China, Japón y Alemania, por presuntamente devaluar sus divisas para obtener ventajas y amplios superávits comerciales.

Efectivamente, EE.UU. tiene déficits comerciales con China por US$337 billones, con Japón de US$63 billones, y con Alemania de US$75 billones. Con sus vecinos Washington tiene déficits importantes (Bloomberg, febrero 2017): con México asciende a US$89 billones, siendo más abultado que aquel con Canadá. Considerando la débil posición política de México versus EE.UU., el carácter de país en desarrollo y el tema migratorio, no sorprende que las intervenciones más agresivas hayan sido en contra del –débil– vecino del sur.

En este sentido, existe incertidumbre respecto a la aproximación práctica que tomará Trump para lidiar con el déficit comercial norteamericano. ¿Se aplicarán las mismas tácticas matonezcas que con México? Es improbable. Ya Trump ha decidido no nombrar a China como “manipulador monetario” (Reuters, abril 2017), contra su promesa de campaña, en un reporte semi-anual que genera el Departamento del Tesoro donde analiza las prácticas monetarias de diversos socios comerciales. Menos aún lo hará Trump con socios estratégicos como Alemania, Japón o Canadá.

Con todo, la retirada del TPP y las eventuales medidas proteccionistas que tomaría Washington generarían incertidumbre en Asia, y desconcierto en socios comerciales, que no tardarían en buscar algún tipo de alternativa para consolidar mercados y proveer certidumbre económica.

Una China protagonista

El eje Estados Unidos-China, seguirá siendo el más importante a nivel mundial. El momento crítico de la relación surgió luego con el fenómeno de los desbalances globales antes del 2007, cuando los flujos de capital a Estados Unidos, requeridos para impulsar su crecimiento por deuda, fueron financiados por los superávits de países con una gran base exportadora, en particular China. La compra de bonos del tesoro por parte de China, cimentó una relación de excesivo ahorro asiático y excesiva deuda norteamericana. Luego de la crisis financiera, la relación se trasladó a un esfuerzo conjunto para animar el crecimiento internacional, mediante estímulos generados en China y otros países, y el rescate bancario en Estados Unidos.

Hoy ambos países están en lados contrarios de la doctrina aplicable a los problemas actuales. China busca un orden internacional abierto al comercio, obviamente con las restricciones particulares al modelo chino, mientras Trump desea más proteccionismo, renegociar tratados y retirar a Estados Unidos de compromisos globales, con un ejemplar 28% de presupuesto que se retirará de compromisos diplomáticos y de ayuda internacional el 2017 (Reuters, marzo 2016).

Asia, además de ser la región económicamente más dinámica, es en la cual se juega el futuro entre una potencia emergente y con aspiraciones globales, China, y Estados Unidos. Si China quiere tener más influencia a nivel regional o global, debe inevitablemente maniobrar con Estados Unidos, el principal garante de seguridad, hoy, en el Este de Asia.

Luego de tres décadas de pujante crecimiento económico, desarrollo tecnológico y militar hoy está en posición de reclamar territorios históricos del Mar del Sur de China, así como incrementar su influencia económica y monetaria en la región y a nivel mundial. Después de todo, tener voz e influencia relativa a la concentración de poder económico es la ambición natural de toda potencia emergente.

China lentamente ha posicionado al Yuan en el escenario internacional, mediante la promoción de su uso en comercio internacional y mercados de transacción de Yuan en el exterior. En 2013, el Banco de China firmó la primera línea bilateral de intercambio de divisas (currency swap) con el G7. Y en octubre del 2016, el Yuan fue incluido en la canasta de Special Drawing Rights, la divisa oficial del FMI. Si bien Londres es el principal centro de transacción de Yuan, y el mercado en el cual el primer bono en Yuan fue emitido, el Brexit podría incluso servir de impulso para que China preste más atención a mercados financieros en Frankfurt, París y Zúrich (Reuters, 2016).

Un impulso adicional a lo anterior han sido las lentas reformas a organismos internacionales como el Banco Mundial y el FMI. En respuesta, China ha creado sus propias formas de asistencia al desarrollo a través de préstamos bilaterales, y mediante la reciente entrada en operaciones del Banco Asiático de Infraestructura (AIIB, en inglés) en 2016. China está poniendo todo el músculo económico para proyectar influencia por sí misma, dada la negativa de organismos internacionales de otorgarle más poder y voto. En 2017, se espera que a los 50 miembros del AIIB se agreguen 25 naciones africanas y latinoamericanas, incrementando el capital e influencia del banco.

Las disputas de la discordia

Los principales focos de conflicto en Asia del Este, aparte de Corea del Norte y Taiwan, emanan de disputas territoriales. El respecto, China manifiesta posesión de todo lo que abarca la “línea de nueve puntos” (nine-dash line) (Business Insider, 2016), indicando que tiene derechos de hace siglos cuando el cordón de islas era parte de la nación china, habiendo publicado un mapa en 1947 al respecto. Tal territorio es masivo y comprende los límites marítimos de varios países como Taiwán, las Filipinas, Vietnam y Malasia.

Como se aprecia en el mapa, las ambiciones territoriales abarcan dos grupos de islas, las Spratly y Paracel. Sobre las primeras, existe un estancamiento diplomático y varias tácticas militares han empleado China, Malasia, Filipinas Taiwan y Vietnam para respaldar el interés territorial. Mientras ocasionalmente barcos norteamericanos patrullan la zona ante la irritación china. Estas islas son relevantes por razones económicas y estratégicas. Poseen yacimientos de gas y petróleo no explorados, es una zona rica en producción pesquera y es una zona estratégica de tránsito comercial. Su dominio implicaría una ampliación de la plataforma continental impactando en la magnitud de zona económica exclusiva de China.

Las islas Paracel, por otra parte, son reclamadas sólo por China, Taiwan y Vietnam. Es un archipiélago de pequeñas islas de coral y arrecifes. En 1974 un breve conflicto militar entre China y Vietnam del Sur surgió a causa de actividades militares chinas en las islas. Al salir victorioso Beijing, ganó control de archipiélago, sin embargo, la disputa territorial continúa sin resolverse.

La disputa territorial no es menor ya que el Mar del Sur de China funciona como una garganta entre el pacífico occidental y el océano índico, siendo crítico para las rutas comerciales globales.

China domina regionalmente en términos militares, con un presupuesto de US$215 billones, los que, no obstante, palidecen ante el desembolso global de los Estados Unidos de US$611 billones (Forbes, 2017), en 2016. La estrategia de defensa china está pensada de modo defensivo, por tanto, la proyección de poder comprende solamente –y por ahora– las cercanías fronterizas. Zonas en las cuales, de todos modos, debe considerar la intromisión norteamericana a la ecuación de un probable conflicto.

China ha modificado islas, instalado pistas de aterrizaje, radares y ha desplegado misiles antiaéreos en diferentes puntos del Mar del Sur de China. Buscando, hipotéticamente, responder a cualquier conflicto rápidamente; además de respaldar por la fuerza su deseo de controlar territorialmente la región. Tales avances han hecho llegar a la conclusión, en un reporte del Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, en inglés), que para el 2030, el Mar del Sur de China será nada menos que un “lago chino”. (Business Insider, 2016).

El conflicto territorial ha llegado hasta tribunales internacionales. En 2016, un tribunal de las Naciones Unidas, invocando la Convención sobre Derecho del Mar, falló a favor de las Filipinas, indicando que China había violado los derechos soberanos de Manila (BBC, 2016). Mientras Beijing, naturalmente, tachó la sentencia de infundada, indicando que no la acataría.

Lo anterior coincide con el interés japonés de mantener un statu quo que lo beneficia políticamente y ha otorgado espacio para sacar a la economía de su estancamiento. En efecto, Shinzo Abe fue el primero en felicitar a Trump, luego de su victoria, y el primero en concretar una visita oficial al nuevo presidente.

Japón ha debido desplegarse estratégicamente con la nueva administración norteamericana. Abe se ha dedicado a establecer lazos personales con Trump, apaciguándolo y compartiendo intereses, como el golf, para evitar comentarios sobre el débil yen, que ha permitido incrementar la competitividad japonesa en mercados internacionales y apoyado el programa de reflación económica. Mientras, los temas importantes, como la agenda bilateral, que cubre desde política monetaria pasando por comercio hasta infraestructura, será tratada sólo entre el Primer Ministro subrogante Taro Aso y su contraparte Mike Pence (Bloomberg, abril 2017).

Japón pretende conceder algunas pequeñas concesiones para asegurar que el vicepresidente no se vaya con las manos vacías, como proponer mayores importaciones de gas natural desde EE.UU. e invertir en infraestructura.

Lo anterior ocurre mientras otros países en manos de políticos viscerales e impredecibles como Rodrigo Duterte en Filipinas se regocijan por el mayor espacio que otorga la aparente desvinculación de EE.UU. de los asuntos asiáticos, la promoción del desarrollo y derechos humanos.

Goodbye soft power?

Es por estas razones que un repliegue en Asia es contraproducente a la influencia norteamericana en una región clave. Una pérdida relevante de influencia en unos, digamos, diez años puede provocar una reacción desmedida norteamericana, donde sólo una reacción militar podría crear la ilusión de poder retomar influencia perdida.

 Ya ha sido advertido por generales a cargo de la seguridad nacional, que el terrorismo, aunque relevante, ha sido un fetiche que ha consumido estratégicamente la proyección de influencia norteamericana. (Business Insider, 2016)

Del mismo modo, malos cálculos al medir alguna intervención pueden provocar caos. Las actuales tensiones sobre la península coreana pueden bien intentar reafirmar la posición norteamericana por la fuerza. EE.UU. intenta proyectar más poder militar, hard power, en contraposición a soft power, que parece disminuirse al enfocarse Trump en políticas de repliegue comercial y desfinanciando programas de cooperación al desarrollo. Sin TPP y sin claras ideas como afrontar la región, poco puede mostrar EE.UU. en su compromiso con Asia más que presencia militar.

En estas semanas, Trump ha dejado atrás la doctrina de “paciencia estratégica” con Pyongyang. El Presidente quiere mayores castigos por parte del Consejo de Seguridad de la ONU y ha movilizado armamento y tropas a la península Coreana (The Guardian, abril 2017), en una suerte de inesperado gallito con Kim Jong-Un.

Lamentable que Kim y Trump no puedan coincidir en un partido de golf, ¿no? 



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